Un ser no cabe en un mapa pero el mapa puede habitarlo
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Abierto al vacío
Lo que escapa del camino que corre entre los ojos
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Tuesday, November 24, 2009
Desplazamiento Forzado en Colombia
Cuatro millones de colombianos han sido desplazados forzosamente. Descubra como ayudar a algunos de ellos
Corazones rotos: protestas ante la campaña del gobierno colombiano en Washington
Escuchar
Un santo dijo: no llamen esposa y esposo a aquellos que se sientan juntos, llama esposos a aquellos que son una luz brillando en dos cuerpos; escuchar es como un verdadero matrimonio.
Todos lo necesitamos, lo buscamos, llamamos a media noche a nuestros amigos, ex esposos y ex novios, hablamos con nuestras mascotas, nuestras plantas, solos; nuestro diálogo interno nunca se detiene. Hay momentos en que sentimos que si no hablamos vamos a estallar, que el silencio nos devora, que el dolor, la angustia y la preocupación hierven, que una alegría no es plena si no la contamos, y cuando encontramos a alguien le contamos por una hora nuestros problemas aunque no lo conozcamos bien, aunque apenas nos haya saludado; todos necesitamos ser escuchados, pero pocos, muy pocos escuchan, si quiera un poco.
Es comprensible que quienes jamás hemos pasado hambre no comprendamos cuan terrible es no tener que comer, que tan devastador es para la mente y el cuerpo, o que quien no ha vivido una guerra no pueda hacerse una idea de cuan aterradora es; pero todos, todos hemos necesitado ser escuchados, desde antes de poder caminar, ir al baño o pensar en palabras, cuando aún somos bebés y lanzamos un quejido, llorando por horas si es necesario, sabemos que necesitamos ser escuchados. Pero aún así no escuchamos.
Tal vez sea porque siempre nos estamos escuchando a nosotros mismos, es un hábito tan constante que es difícil de romper, y cuando alguien nos habla lo seguimos haciendo, en nuestra mente seguimos hablando, y esperamos que el otro haga una pausa para poder hablar.
Una clave para escuchar es el silencio, verdadero silencio, físico e interno, no interrumpir mientras el otro habla, no pensar en mis asuntos mientras escucho. Los místicos y teólogos han sabido por siempre que como es arriba es abajo, y como es fuera es adentro; al igual que no podemos escuchar algo si hay mucho ruido a nuestro alrededor, no podremos escuchar a alguien si no controlamos el ruido en nuestra mente. El silencio no es la ausencia de sonido, es escuchar hacia dentro, puede ser un sonido atronador; se ha dicho que los grandes músicos componen buscando el silencio.
Aquellos que oran, meditan, o tratan de conciliar el sueño dando vueltas en su cama saben bien cuán difícil es lograr el silencio interno, como pueden pasar horas seguidas tratando de conseguirlo y solo alcanzarlo por fragmentados minutos. No es exageración alguna, hablamos con nosotros mismos prácticamente cada segundo de nuestra vida consiente. Es difícil contrarrestar un hábito tan arraigado, es como aprender a no respirar, a dejar inmóvil el corazón y seguir viviendo.
Si no es posible parar el diálogo interno es posible guiarlo. No solo hablamos en nuestra mente constantemente, sino que hablamos casi exclusivamente de nosotros mismos; podemos aprovechar esa costumbre omnipresente y darle un nuevo cauce, si siempre estamos pensando en alguien podemos pensar en los demás, no es tan difícil, sólo hay que querer hacerlo.
Ya que el egocentrismo define nuestro pensar y nuestra vida, el egocentrismo puede ser nuestro punto de partida, podemos pensar como me sentiría YO si me ocurriera aquello que me están contando, como me he sentido cuando me ha pasado; si se consigue esto, surge una identificación con los demás, YO me identifico con el otro, y así puedo escucharlo.
Ponerme en el lugar del otro, hacer de su problema algo mío, aunque sea por in minuto, mientras hablamos, si consigo esto estoy escuchando, ni si quiera es algo que tenga que ver con los oídos, tan solo con el corazón, dicen que cuando las personas gritan sus corazones están muy lejos y por eso tienen que alzar la voz para alcanzar a escucharse.
La curiosidad es otro camino, si me preocupo o intereso por lo que alguien me está diciendo, y verdaderamente quiero comprenderlo, podré escucharlo. La curiosidad hace que enfoquemos la atención; cuando nuestra atención se centra en las palabras, en su significado, el sentimiento o la realidad que transmiten, estamos escuchando, para esto debemos querer saber qué se nos está diciendo.
La humildad es otra vía, o acaso un requisito, si creo que soy demasiado importante para atender lo que el otro me dice, o que soy suficientemente inteligente o sabio para no tener que atender a lo que alguien me está diciendo porque lo comprendo de antemano, no podré escucharlo, estaré escuchando mis pensamientos sobre lo que creo que me está diciendo basado tan solo en sus primeras palabras y la primera impresión que recibí de ellas.
Cuando creo que conozco plenamente a otro y no tengo que escucharlo para entenderlo se detiene el dialogo, por eso muchos matrimonios se distancian; viven una preconcepción del otro, sin atender a lo que verdaderamente está ocurriendo, el presente, lo que el otro le está diciendo.
Para escuchar hay que estar dispuesto, tal vez sea esto lo más importante, querer hacerlo, o si no se quiere, por ocupaciones, cansancio, o distancia hacia la otra persona, realizar el esfuerzo consciente de darle la atención plena al otro. Si consigo esto, muy probablemente podré escucharlo.
Por supuesto para escuchar hay que estar atento; cualquiera de los caminos que se han mencionado en estos párrafos puede llevar a que le demos nuestra atención al otro.
Algunos sicólogos creen que la única terapia efectiva es escuchar a sus pacientes, no decirles cosas guiando sus memorias ni aconsejarlos, tan solo dejar que hablen, alcanzar la catarsis. Hablar cura cuando sabemos que somos escuchados.
Los ojos son un puente, no es necesario fijar la mirada obsesivamente, pero ver en los ojos del otro solo un momento, descubrir que quien nos habla es alguien, un ser, un alma que existe, piensa y siente tan intensamente como nosotros nos puede llevar a escuchar, no a un lugar social habitual en el que dos personas hablan, sino al reino íntimo en que dos seres se comunican, se tocan, se afectan, se reconocen mutuamente y la soledad desaparece por un instante. En India se cree que el Darshan, la mirada plena, transmite la esencia del alma.
Cuando dos personas se escuchan, son una sola luz brillando en dos cuerpos.
Sunday, August 30, 2009
Vivir sin suelo
Bogotá, Colombia, agosto 22 -- Esteban Collazos, uno de los cuatro millones de desplazados de Colombia, a sus 66 años, ha tenido que recoger los cadáveres de víctimas de grupos armados desde que era un niño y sido forzado a abandonar su tierra en cuatro distintas ocasiones, trasladándose a diferentes provincias del sur y occidente colombianos.
El desplazamiento forzado sigue aumentando en Colombia a causa del rearme de grupos paramilitares supuestamente desmovilizados gracias a negociaciones con el gobierno desde el 2004, hoy existen cerca de 82 grupos paramilitares asesinando, torturando y sacando de sus tierras a inocentes en todo el país.
Aunque La gran mayoría de las personas obligadas a abandonar sus hogares violentamente en Colombia no tienen recursos para salir del país, se calcula que unas 500.000 personas han cruzado las fronteras escapando del conflicto; en Colombia el desplazamiento forzoso es un fenómeno interno.
De acuerdo a la agencia de la ONU para los refugiados ACNUR, Colombia tiene la mayor cifra de desplazados internos del hemisferio occidental, y la segunda población desplazada del mundo después de Sudán. Desde el 2008 el número de personas desplazadas se ha incrementado después de haber disminuido durante tres años.
Aunque La Agencia Presidencial para la Acción Social y la Cooperación Internacional insiste en que el desplazamiento ha disminuido, distintas entidades civiles como la consultoría para los derechos humanos y el desplazamiento CODHES indican lo contrario; de acuerdo a esta organización entre el 2007 y el 2008 el desplazamiento aumentó un 24,7%, tendencia que se mantiene durante el 2009.
Esteban llegó huyendo a Bogotá hace seis meses, y lleva dos viviendo en un refugio junto a otras ciento cuarenta personas de todas partes del país. ¨Sé criar gallinas, cerdos, cultivar peces, sembrar maíz… como hace falta la tierrita” dice, solo quiere trabajar en el campo como lo ha hecho toda su vida, pero en Colombia, esto es cada vez más difícil, se calcula que seis millones de hectáreas - sesenta mil km²- han sido quitadas a los campesinos por los grupos armados, un área de dos veces el tamaño de Bélgica.
Esteban tuvo que recoger los cadáveres destrozados de sus 4 sobrinos de 18 años de edad en la zona de San José del Guaviare al sur oriente de Colombia, los acribillaron por vender coca, no por el hecho de venderla, sino por venderla a un comprador y no a otro. El fuego cruzado es el principal problema de los campesinos; A lo largo de Colombia, operan simultáneamente grupos guerrilleros y paramilitares combatiendo por el control de la zona.
Tal es el caso de una mujer procedente del municipio de Líbano, Tolima, al sur de país que escribe su historia reservando su nombre para no ponerse en peligro. Su familia era extorsionada por el Ejército Revolucionario del Pueblo, ERP, un grupo guerrillero; cuando su esposo decidió dejar de pagar lo que el ERP le exigía fue asesinado. Su hijo sostuvo la finca familiar, pero los paramilitares los sacaron de sus tierras diciendo que eran auxiliadores de la guerrilla por haber pagado las extorsiones. “Ahí sí que no entendí nada. ¿Cómo íbamos a andar auxiliando a los asesinos de mi esposo?”
Ante esta situación millones de colombianos han abandonado sus hogares en busca de un lugar donde su vida no esté en peligro por ayudar o no ayudar a algún grupo armado que entra a la fuerza a su hogar.
Las guerrillas colombianas se formaron en los años cincuenta como grupos revolucionarios marxistas que se oponían al poder gubernamental; con el tiempo, la guerra se convirtió en un modo de vida y con el auge del narcotráfico, en un negocio muy lucrativo. De la lucha política se pasó a la explotación de los campesinos con escusas revolucionarias. Los campesinos se armaron para defenderse, esto fue legal y apoyado por el gobierno hasta 1989, de esta forma se conformaron los grupos paramilitares. Pero pronto, aprovechando el poder armado, utilizaron sus armas de la misma forma que los guerrilleros y aterrorizaron a la población campesina para facilitar sus cultivos de estupefacientes y proyectos agroindustriales, robando las tierras y obligando a los campesinos a trabajar para ellos, muchas veces en las mismas tierras que les han quitado.
Edwin Tapia, asesor regional de CODHES dice que a pesar de que se desmovilizaron algunas ramas armadas del paramilitarismo hace unos años, no se desintegraron sus componentes políticos y económicos “siempre hay un proyecto agroindustrial que puede ocasionar desplazamiento, pero se necesitan las condiciones para que esto ocurra”. El rearme de los 82 grupos paramilitares hasta ahora identificados lleva cada vez a más campesinos buscar refugio en las capitales colombianas, a plena vista, pero invisibles para muchos.
Tuesday, August 25, 2009
Porque aún nos mira sonriendo
Matando a Jaime crearon un símbolo.
Hoy, como no lo habia nunca hecho, facebook me brindó una verdadera satisfacción. Tres de mis amigos, que no se conocen entre si, no tienen otros amigos en común, e incluso viven en diferentes paises, decidieron hacer un homenaje a Jaime Garzón mostrandolo hacer aquello que lo hizo abrirse camino en las conciencias y los corazones, reflejar la realidad, sus injusticias, sus peligros y posibilidades, disfrazando su rostro, cambiando su voz, y dejando a todos aquellos con amor por la justicia y la equidad con una cálida y satisfactoria sonrisa.
Lo triste, revelador y hermoso, es que los tres, decidieron hacer su homenaje, compartiendo el mismo video, entre los cientos de clips disponibles protagonizados por Jaime con igual agudeza y denunciado hechos de igual trascendencia. Los tres decidieron publicar precisamente este:
Godofredo Cínico Caspa hablando sobre Uribe
No es de extrañarse, hoy, esa voz que habla con claridad y dice la verdad de forma tal que puede ser comprendida po todos y aceptada por la mayoría, es una necesidad que debe ser satisfecha, la sovrevivencia de miles y el alma de nuestro país puede depender de ello.
A Jaime lo mataron a tres cuadras de mi casa, solo cuando murió supe que habitualmente caminaba por mi barrio, mi hermana, que entonces tenía trece años, vió su cadaver cuando hiba hacia el colegio, ya no lo recuerda con claridad, pero no hace mucho aún me hablaba de como la conmovío ver su rostro de enormes dientes torcidos cubiertos de sangre, recuerdo con claridad que me dijo: "Parecia que se estubiera riéndo".
En vida, y todavía más despues de su murete, Jaime es un símbolo de la verdad y del costo que a veces hay que pagar por ella, oficialmente nadie quiere decirlo, pero la pequeña estatua en su honor es el monumento más visitado de Bogotá, sin embargo, con pobres argumentos teóricos y burocráticos, se le ha negado oficialmente la condición de patrimonio. Como si eso importara; la vida que se le niega en el papel rebosa los formalismos sin sentido, aceptémoslo o no, sabemos bien en que país vivimos, y quienes son nuestros héroes, aunque nuestro gobierno desperdicie miles de millones en globos conmemorativos y se reuse a instituir la ley de reparación a victimas del conflicto porque "resula demasiado costosa" mientras las familias acampan en las plazas y puertas de bodegas, desplazadas de sus tierras pero con el consuelo de haber conservado su vida.
Matando a Jaime dieron vida a un símbolo, simbolo que mantendremos vivo, porque la verdad aún cuando es un cadaver, se expande y sigue sonriendo.
Hoy, como no lo habia nunca hecho, facebook me brindó una verdadera satisfacción. Tres de mis amigos, que no se conocen entre si, no tienen otros amigos en común, e incluso viven en diferentes paises, decidieron hacer un homenaje a Jaime Garzón mostrandolo hacer aquello que lo hizo abrirse camino en las conciencias y los corazones, reflejar la realidad, sus injusticias, sus peligros y posibilidades, disfrazando su rostro, cambiando su voz, y dejando a todos aquellos con amor por la justicia y la equidad con una cálida y satisfactoria sonrisa.
Lo triste, revelador y hermoso, es que los tres, decidieron hacer su homenaje, compartiendo el mismo video, entre los cientos de clips disponibles protagonizados por Jaime con igual agudeza y denunciado hechos de igual trascendencia. Los tres decidieron publicar precisamente este:
Godofredo Cínico Caspa hablando sobre Uribe
No es de extrañarse, hoy, esa voz que habla con claridad y dice la verdad de forma tal que puede ser comprendida po todos y aceptada por la mayoría, es una necesidad que debe ser satisfecha, la sovrevivencia de miles y el alma de nuestro país puede depender de ello.
A Jaime lo mataron a tres cuadras de mi casa, solo cuando murió supe que habitualmente caminaba por mi barrio, mi hermana, que entonces tenía trece años, vió su cadaver cuando hiba hacia el colegio, ya no lo recuerda con claridad, pero no hace mucho aún me hablaba de como la conmovío ver su rostro de enormes dientes torcidos cubiertos de sangre, recuerdo con claridad que me dijo: "Parecia que se estubiera riéndo".
En vida, y todavía más despues de su murete, Jaime es un símbolo de la verdad y del costo que a veces hay que pagar por ella, oficialmente nadie quiere decirlo, pero la pequeña estatua en su honor es el monumento más visitado de Bogotá, sin embargo, con pobres argumentos teóricos y burocráticos, se le ha negado oficialmente la condición de patrimonio. Como si eso importara; la vida que se le niega en el papel rebosa los formalismos sin sentido, aceptémoslo o no, sabemos bien en que país vivimos, y quienes son nuestros héroes, aunque nuestro gobierno desperdicie miles de millones en globos conmemorativos y se reuse a instituir la ley de reparación a victimas del conflicto porque "resula demasiado costosa" mientras las familias acampan en las plazas y puertas de bodegas, desplazadas de sus tierras pero con el consuelo de haber conservado su vida.
Matando a Jaime dieron vida a un símbolo, simbolo que mantendremos vivo, porque la verdad aún cuando es un cadaver, se expande y sigue sonriendo.
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Thursday, March 6, 2008
Yagé
Texto, fotografías E ilustraciones: Camilo Vásquez

La mañana del viernes 18 de enero fui a buscar a William. Le pregunté a Jorge, el guía que me llevó a la selva peruana, si sabía donde podría participar en una ceremonia de yagé. El me contactó con Carlos, un conductor de mototaxi que me llevaría a la comunidad Huitoto del kilómetro 7 cerca de Leticia, allá encontraría a William, el Shamán que dirigiría la ceremonia.
La carretera que lleva de Leticia hacia las comunidades está pavimentada con losas de concreto, sobre ella se abre a un costado un amplio sendero para caminantes y ciclistas separado por una hilera continua de grandes topes trapezoidales de concreto. Carlos me recogió puntualmente a las ocho de la mañana en el hostal Los Delfines frente a la central de la policía y el "Benemérito
cuerpo de bomberos voluntarios" de Leticia. Tengo una muy buena imagen de la puntualidad amazónica.
En el camino Carlos me contó que la finca en que se encuentra ahora el parque AMACAYACU era de su padre, quien se la había vendido al Inderena hace algunos años; ahora el parque es la ventana civilizada del mundo salvaje, panteón ecoturístico, la unión de lo natural y lo rentable, negocio y árboles. Un turista puede pagar fácilmente un millón de pesos por una estadía de cinco días, Carlos al igual que cualquier mototaxista cobra mil pesos por cada carrera que hace en Leticia. Se podía sentir el orgullo y la tristeza en su voz al hablar de la antigua finca de su viejo.
Llegamos a la desviación y seguimos el camino que lleva a la comunidad del kilómetro 7. Ahí preguntamos por la casa de William pero cuando la encontramos él no se encontraba en ella; al seguir averiguando nos dijeron que seguramente se encontraba en la Maloka.
Desde el lugar donde se encuentran las casas de la comunidad sale un camino hacia la Maloka, por esa región el paisaje de las afueras de Leticia es similar al de la mayoría de las planicies cálidas de Colombia, pastos cortos y secos de un color opaco, árboles no muy altos diseminados por la llanura, algunos arbustos y líneas de vegetación densa siguiendo los cursos de agua o al rededor de las casas. Tal era el paisaje a la salida de la comunidad, con vegetación densa marcando el camino, pero en un momento, después de caminar un poco, el paisaje de llano es remplazado por la selva, los verdes se hacen mucho más intensos y ricos, las plantas crecen y se retuercen en miríadas de formas y tamaños, estirándose con callada constancia, empujando, buscando el sol.
El ambiente se hace más húmedo, las plantas se ciernen sobre el camino disminuyendo la luz, el sonido... Los cantos aislados de aves y el rumor atmosférico de las chicharras dan paso a una compleja multitud de cantos. Grillos, cigarras, ranas, aves llamándose y repeliéndose en distintos timbres y tonos, cada especie con su propio ritmo agregando nuevas tesituras a la partitura, silbando, trinando y aullando. Los sonidos que uno cree reconocer resultan ser distintos a los imaginados; cuando se cree escuchar un ave es un mono, si se cree oír un mono es una rana, un supuesto sapo es un ave y el ave resulta ser un pequeño caimán.
Creo que he participado en unas veinte tomas de yagé a lo largo de los últimos once años, pero desde la primera vez, cuando lo probé entre Monserrate y Guadalupe, los cerros tutelares de Bogotá, me he preguntado siempre como sería tomarlo en la selva.
Durante la última ceremonia que asistí tuve una experiencia relativamente suave, bella, muy calmada, pero ocurrieron dos cosas que crearon aprehensión en mí hacia el yagé. La primera fue la ingestión de la toma, a pesar de que no era una gran cantidad me fue difícil tomarlo. Habitualmente se bebe todo el cáliz o coca de un solo trago, esa ocasión no pude hacerlo, tuve que esforzarme bastante, controlar la respiración y beberlo en pequeños sorbos. Esto parece insignificante pero la resistencia del cuerpo a ingerir la toma era enorme y me preocupaba que en esta ocasión fuera completamente incapaz de beberlo.
La noche de esa última toma, al rededor de las dos de la mañana un hombre que había salido de la cabaña donde se realizaba la ceremonia y descendido la colina comenzó a gritar, estalló con furia y desesperación en medio del silencio de la noche y los cantos al rededor del fuego. Después de un tiempo no se escuchó más de él. Los que estábamos en la toma no hicimos nada, por el contrario conscientemente lo ignoramos pues cuando se esta en el trance del yagé uno debe concentrarse en su propia experiencia y no prestar ninguna atención a las distracciones externas, dejando que cada cual afronte su propia experiencia.
Había pasado más de una hora desde que se silenciaron los gritos, un grupo salió de la cabaña a buscar al hombre que había salido. Lo encontraron enredado en una cerca de alambre de púas, subieron con él abrazado a sus hombros, tambaleándose, exhausto. Llevaba puesto un pantalón de sudadera rojo en el que se veía una enorme mancha de sangre creciendo entre sus piernas.
Lo acostaron junto al fuego en el que yo me encontraba; de la cabaña salió un médico que asistía a la ceremonia, era joven, tal vez de mi edad. Lo examinó y lo tranquilizó - fresco, descanse, acuéstese y descanse, no se mueva – dio una palmada firme en su hombro, le dio la espalda y se dirigió hacia nosotros, nos dijo que el hombre había tratado de castrarse a sí mismo utilizando sus manos, que consiguió desgarrarse el escroto y el ano, que eso era lo más grave debido a la gran cantidad de terminales nerviosas que ahí se encuentran y que difícilmente se recuperan. Había perdido mucha sangre, al cabo de un rato se decidió con claridad que hacer, y utilizando una tabla larga como camilla lo llevamos a un carro para conducirlo al hospital. Unos meses o semanas después escuché de un amigo que el hombre se había recuperado, al menos eso creo recordar.
Ese episodio no me asustó en sí mismo, pero junto a la dificultad para beber la toma, la completa confianza y entrega que hasta entonces había sentido por el yagé y los taitas que guían las ceremonias se habían socavado.
Dejamos la moto junto a una casa y Carlos me guió hacia la Maloka donde nos dijeron que encontraríamos a William, durante el camino estaba nervioso, sintiendo que tal vez estaba entrando en algo más grande y poderoso de lo que podía manejar. Hacia calor, al entrar en la selva el ambiente se hizo más cálido, más húmedo. Sudaba profusamente, gruesas y pesadas gotas caían de mi rostro y empapaban mis lentes, mi camisa blanca se hacía transparente y mi cabello se deslizaba sobre mi frente en húmedos mechones.
Tras un trecho el suelo se hizo pantanoso, el camino era un corredor de unos dos metros de ancho enmarcado en sonoros muros de hojas, lianas y espinas. Sobre el suelo inundado se encontraba un camino de madera hecho con troncos cortados de todo tamaño y grosor puestos a lo largo como los rieles de un ferrocarril; los más grandes tenían muescas hechas con machete para darle agarre a los pies, a los lados de los troncos el fango y el agua yacían sonrientes esperando que un pié se deslizara y algún cuerpo cayera agitándolos y complaciéndolos.
Era hermoso, como un juego de infancia hecho realidad, caminaba siempre conservando el equilibrio sobre los troncos apoyándome en mi bastón y extendiendo los brazos, internándome en la jungla, sudando en mi ropa citadina, siguiendo el camino en la selva que me llevaría a la casa del brujo que me esperaba con su inmemorial poción que me otorgaría sanación, visión, poder y firmeza de propósito, que abriría puertas por las que podría ver aquello que siento más allá del corazón y el cuerpo.
El camino no era muy largo, algo más de veinte minutos de recorrido, pero el nerviosismo y el calor lo hicieron parecer una pequeña jornada. Terminó el pantano y de entre las plantas surgió la Maloka, sostenida en pilares de madera elevaba hacia el cielo su techo triangular tejido con hojas de palma; eran las ocho y media de la mañana, se escuchaban voces conversando con calma en el dulce y sereno acento del amazonas; se sentía el humo del fogón y el aroma de comida.
William es un hombre moreno, no muy alto, robusto, como muchos indígenas del sur de Colombia, sus rasgos son finos, me impactó la elegante forma almendrada de sus ojos que un poco cerrados me saludaron, se notaba que la noche anterior había realizado una ceremonia y que aún estaba un poco del otro lado. No llevaba camisa, mostraba un tatuaje en su brazo izquierdo compuesto de tres líneas escritas que no me atreví a leer, me parecía descortés, su cabello negro no muy largo estaba cogido en una cola atrás dejando ver su frente despejada. Tiene cincuenta y dos años pero irradia la juventud de un hombre de cuarenta; su esposa Isabel (que en ese momento cocinaba) muestra unos cincuenta años cuando tiene más de sesenta.









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